TERRÓN, UN PARAÍSO ESCONDIDO
EN EL PACÍFICO COLOMBIANO
Para quienes nacieron en ese rincón del mar Pacífico, haber crecido entre sus paisajes y su gente es un privilegio. Aún lejos del territorio, Terrón sigue vivo en la memoria, en los recuerdos y en el corazón de quienes lo llaman hogar
Terrón es un pequeño corregimiento del Pacífico colombiano, escondido entre montañas y ríos, y de alguna manera, olvidado por el Estado. Sin embargo, a pesar de la distancia y el abandono, conserva una belleza que deslumbra y una alegría que se contagia.
Su gente, cálida y amable, recibe a quien llega con sonrisas sinceras. Allí nadie es extraño, todos se sienten parte de algo. Aunque el camino para llegar sea largo y difícil, cada esfuerzo vale la pena, porque al final del trayecto espera un lugar que enamora.
Para quienes nacieron en ese rincón del Pacífico, haber crecido entre sus paisajes y su gente es un privilegio. Aún lejos del territorio, Terrón sigue vivo en la memoria, en los recuerdos y en el corazón de quienes lo llaman hogar.
Al llegar, lo primero que se observa son los montes verdes que rodean el camino y las casas que se asoman entre los árboles. Basta con cruzar el muelle para que el paisaje se abra y aparezca la hermosura del pueblo: calles sencillas, niños jugando, mujeres saludando desde las puertas, y un aire cálido que envuelve.
Aunque apartado en el mapa, Terrón es un paraíso. Allí se respira aire puro, con aroma a tierra húmeda y brisa de mar. Caminar descalzo, sentir la arena, salir a sentarse bajo la sombra de un árbol, dejar que el viento acaricie el rostro… son placeres simples que llenan el alma. Colgar una hamaca, cerrar los ojos y escuchar los sonidos del entorno es una forma de paz que pocos lugares ofrecen.
El calor del mediodía invita a abrir una pipa y beber su agua fresca, mientras los niños corren y ríen a la distancia. Las frutas crecen dulces, nacidas de una tierra fértil y bondadosa. El mar y el río se encuentran cerca, ofreciendo la posibilidad de ir de uno al otro según el ánimo del día. Esa libertad natural es uno de los mayores regalos de Terrón.
Su gente, cálida y amable, recibe a quien llega con sonrisas sinceras. Allí nadie es extraño, todos se sienten parte de algo. Aunque el camino para llegar sea largo y difícil, cada esfuerzo vale la pena, porque al final del trayecto espera un lugar que enamora.
Para quienes nacieron en ese rincón del Pacífico, haber crecido entre sus paisajes y su gente es un privilegio. Aún lejos del territorio, Terrón sigue vivo en la memoria, en los recuerdos y en el corazón de quienes lo llaman hogar.
Al llegar, lo primero que se observa son los montes verdes que rodean el camino y las casas que se asoman entre los árboles. Basta con cruzar el muelle para que el paisaje se abra y aparezca la hermosura del pueblo: calles sencillas, niños jugando, mujeres saludando desde las puertas, y un aire cálido que envuelve.
Aunque apartado en el mapa, Terrón es un paraíso. Allí se respira aire puro, con aroma a tierra húmeda y brisa de mar. Caminar descalzo, sentir la arena, salir a sentarse bajo la sombra de un árbol, dejar que el viento acaricie el rostro… son placeres simples que llenan el alma. Colgar una hamaca, cerrar los ojos y escuchar los sonidos del entorno es una forma de paz que pocos lugares ofrecen.
El calor del mediodía invita a abrir una pipa y beber su agua fresca, mientras los niños corren y ríen a la distancia. Las frutas crecen dulces, nacidas de una tierra fértil y bondadosa. El mar y el río se encuentran cerca, ofreciendo la posibilidad de ir de uno al otro según el ánimo del día. Esa libertad natural es uno de los mayores regalos de Terrón.
En las tardes, el pueblo se calma. El canto de los pájaros llena el aire y el tiempo parece detenerse. No hay prisa. Solo tranquilidad. Quien regresa después de mucho tiempo siente la emoción del reencuentro: los abrazos de la familia, el sabor de la comida, la frescura del agua y el calor humano que reconforta. Pero también aparece la nostalgia de tener que marcharse otra vez. Sin importar cuánto dure la visita, siempre se vuelve con el corazón lleno.
Sus costumbres, tradiciones y valores mantienen viva la esencia del pueblo. Es un lugar pequeño, que se recorre en pocos minutos, pero en ese corto trayecto se pueden recorrer también años de historias compartidas. Todos se conocen, todos se saludan.
Cuando la tarde cae, el muelle se convierte en refugio. Allí se siente la brisa, se escucha el murmullo del mar y se observa cómo los niños disfrutan de su niñez lejos de las pantallas, libres, felices. En los días lluviosos, el agua se convierte en compañera de juego: los niños corren, bailan, se mojan, y el pueblo entero parece renacer con cada gota.
Y cuando llega la noche, Terrón adquiere una magia distinta. A pesar de los problemas de energía, la luz de la luna cubre todo el paisaje, y el pueblo parece brillar por sí solo. Hay noches en las que la claridad es tanta que todo se ve como si aún fuera de día. Las familias se reúnen a conversar en los balcones de las casas, los padres o los mayores cuentan historias a sus hijos y nietos. Entre risas, recuerdos y silencios, esperan a que el tiempo pase, o como se dice allí, “amasiguan la noche” para que no se haga tan larga.
Cuando hay electricidad, las casas se iluminan y se escucha la televisión de fondo; la gente se acuesta un poco más tarde, disfrutando de ese pequeño lujo. Pero cuando no hay energía, el pueblo se sumerge en una quietud profunda. Entonces, el silencio lo llena todo. Y en esas noches sin luna, cuando la oscuridad es tan densa que parece tragarse las calles, Terrón se esconde en sí mismo: un pueblo perdido entre sombras, pero lleno de vida, de memoria y de amor.
Terrón es un rincón del mundo donde el alma descansa y el corazón sonríe. Es la tierra del aire puro, de la risa fácil, de la sencillez que reconcilia con la vida.
Un lugar que, aunque pequeño, guarda en su silencio la inmensidad del Pacífico.
Sus costumbres, tradiciones y valores mantienen viva la esencia del pueblo. Es un lugar pequeño, que se recorre en pocos minutos, pero en ese corto trayecto se pueden recorrer también años de historias compartidas. Todos se conocen, todos se saludan.
Cuando la tarde cae, el muelle se convierte en refugio. Allí se siente la brisa, se escucha el murmullo del mar y se observa cómo los niños disfrutan de su niñez lejos de las pantallas, libres, felices. En los días lluviosos, el agua se convierte en compañera de juego: los niños corren, bailan, se mojan, y el pueblo entero parece renacer con cada gota.
Y cuando llega la noche, Terrón adquiere una magia distinta. A pesar de los problemas de energía, la luz de la luna cubre todo el paisaje, y el pueblo parece brillar por sí solo. Hay noches en las que la claridad es tanta que todo se ve como si aún fuera de día. Las familias se reúnen a conversar en los balcones de las casas, los padres o los mayores cuentan historias a sus hijos y nietos. Entre risas, recuerdos y silencios, esperan a que el tiempo pase, o como se dice allí, “amasiguan la noche” para que no se haga tan larga.
Cuando hay electricidad, las casas se iluminan y se escucha la televisión de fondo; la gente se acuesta un poco más tarde, disfrutando de ese pequeño lujo. Pero cuando no hay energía, el pueblo se sumerge en una quietud profunda. Entonces, el silencio lo llena todo. Y en esas noches sin luna, cuando la oscuridad es tan densa que parece tragarse las calles, Terrón se esconde en sí mismo: un pueblo perdido entre sombras, pero lleno de vida, de memoria y de amor.
Terrón es un rincón del mundo donde el alma descansa y el corazón sonríe. Es la tierra del aire puro, de la risa fácil, de la sencillez que reconcilia con la vida.
Un lugar que, aunque pequeño, guarda en su silencio la inmensidad del Pacífico.
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(*) Maira Alexandra Murillo Ibargüen es nacida y criada en el pueblo de San Agustín de Terrón, Bajo Baudó, Chocó, territorio que ha marcado profundamente su forma de sentir, pensar y narrar la realidad. Actualmente cursa el último semestre de Comunicación Social y Periodismo, área desde la cual ha fortalecido su pasión por la escritura, la lectura y el aprendizaje constante.
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Desde hace once años reside en la ciudad de Cali, sur de Colombia, a donde llegó en busca de mejores oportunidades educativas, sin desligarse nunca de sus raíces ni de la memoria de su pueblo. Su interés principal se centra en lo comunitario y lo social, entendiendo la comunicación como una herramienta para visibilizar procesos, voces y realidades históricamente silenciadas. Su trabajo de grado, titulado “Aporte a la reconstrucción de la memoria comunicativa a partir de las voces del territorio en San Agustín de Terrón, Bajo Baudó, en el año 2025”, se encuentra postulado a tesis meritoria, y recoge las voces del territorio como eje fundamental para la construcción de memoria, identidad y sentido colectivo. Es la menor de cinco hermanos, experiencia que ha fortalecido en ella valores como la escucha, la sensibilidad social y el compromiso con su comunidad. Maira Alexandra cree firmemente en la comunicación como un puente entre el pasado y el presente, y como una forma de acompañar y dignificar las historias de los pueblos. Actualmente es Periodista en Caracol Radio en Cali, Colombia. |